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Exagera, compara y dimensiona: usa figuras retóricas en tus textos

Exagera, compara y dimensiona: usa figuras retóricas en tus textos

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Exagera, compara y dimensiona: usa figuras retóricas en tus textos

Pasión y talento

Hipérbole, hipérbaton, comparación, personificación, sinécdoque, oxímoron, antítesis, eufemismo, metáfora, anáfora, onomatopeya… ¡ufff! La lista de recursos con los que podemos mejorar, embellecer y hacer más precisos nuestros textos es gigantesca, pero nunca es tarde para conocer estas figuras y usarlas en tus trabajos escolares.

 

Al redactar ensayos, composiciones, comentarios, monografías, reportes y textos literarios (cuentos, poemas…) podemos usar figuras retóricas: comparar para que nuestro lector pueda dimensionar mejor; camuflar la realidad de cierta forma “para que no se escuche tan agresiva”; cambiar el orden natural de las oraciones “para que rimen los versos”; dar características humanas a objetos “para hacerlos más cercanos”; exagerar los atributos “para expresar nuestro sentir…” En fin: embellecemos lo que decimos y lo hacemos más atractivo a los ojos de nuestros lectores (principalmente, nuestros profesores). Hoy te enseñaremos en qué consisten tres figuras:

 

El símil

Forrest Gump nos recuerda: “La vida es como una caja de chocolates: uno nunca sabe lo que le va a tocar”. De paso, construyó una célebre comparación cinéfila.

El símil es una figura retórica que establece una relación de semejanza entre dos términos: “Tus ojos son como la noche” (es decir, negros); “Tus manos son como la seda” (es decir, suaves). Se usa lo mismo en textos académicos, literarios, el habla coloquial, los discursos y la publicidad. Reúne tres características:

  1. a) Ambos elementos de la comparación deben estar nombrados.
  2. b) Debe nombrarse (casi siempre) el nexo: “como”, “cual”, “que”, “se asemeja a”, “igual que”, “semejante a”, “tan”.
  3. c) El vínculo entre ambos elementos debe ser sólido y evidente, de forma que cree una imagen mental.
  • Ejemplo 1: “Tus ojos brillan [elemento A] igual que [nexo] dos luceros [elemento B: relumbran]”.
  • Ejemplo 2: “La escuela es [elemento A] tan grande como [nexo] dos estadios juntos [elemento B: es un área fácilmente identificable]”.
  • Ejemplo 3: “Eres como la noche, callada y constelada”, de Pablo Neruda.

 

La sinécdoque

En ocasiones, un elemento o un símbolo sirve para representar a un todo. Eso es la sinécdoque. Por ejemplo, en la serie de televisión The Crown, el mismo nombre de la serie o el póster (una mujer con una corona) son un ejemplo de esta figura, pues ese símbolo representa a un todo: la monarquía. Algunos ejemplos son:

  • “La mano que sostiene al gatillo” y “La mano que mece la cuna” (la mano representa al todo, a la persona)
  • “Ella cumplió 15 primaveras” (cumplió 16 años, no solo una estación del año)
  • “El heredero al trono” (en lugar de heredero al imperio)

La figura también funciona en el sentido inverso, de el todo por la parte:

  • “Rusia (el equipo de futbol) ganó a Arabia Saudita (el equipo) 1–0” (en este caso, el todo –el país– sustituye a 11 jugadores en la cancha)
  • “La ciudad entera salió a marchar” (una cantidad considerable de habitantes)

 

La hipérbole

¡Te he dicho un millón de veces que cumplas con tus responsabilidades!, nos dicen nuestros padres y profesores. Y quizás no han sido un millón, sino 5, o 10. La hipérbole sirve justo para eso: hacer énfasis en una situación. Implica aumentar o minimizar la verdad de modo exagerado. Dicha exageración es intencionada y tiene dos fines: 1) Captar la atención, y 2) Perdurar en la memoria.

A continuación, un ejemplo real de una crónica estudiantil sobre el 19 de septiembre de 2017, elaborada por Ana Karen (alumna) para la materia de Literatura, de preparatoria. En ella se hace presente el uso de estas (y otras) figuras retóricas:

 

Vibraciones

Calculo que dos de cada veinte personas ponen atención en clase de Creatividad y Diseño Digital, y esta no era la excepción. Era un martes común y corriente. Como de costumbre, intentaba dormir en clase, cuando me percaté de que nadie estaba escuchando [hipérbole] al pobre maestro nuevo.

Verán: la afortunada maestra que nos daba esa clase estaba cerca de dar a luz [sinestesia: confusión de sentidos] a un bebé. Cordialmente se despidió de nosotros y presentó al nuevo maestro, a quien casi nadie lo tomaba en cuenta en su primera clase. Pero siendo la prudente persona que soy, quise tomar en consideración los sentimientos del indefenso individuo y fingí que la clase me interesaba por aproximadamente… siete segundos [hipérbole]. En ese tiempo mencionó algo parecido a esto: “Blah blah blah… diseño… Blah blah blah… desplazamiento… Blah blah blah… vibraciones” [onomatopeyas].

De repente, empecé a sentir que el piso se movía ligera pero constantemente, de lado a lado, como si estuviera en un puente colgante [comparación]. Para mis adentros pensé: “¿Cómo está haciendo que el piso se mueva? ¿Acaso subestimé sus capacidades?” Mis pensamientos fantásticos fueron interrumpidos cuando por allá, al fondo del salón, emergió una pequeña cabeza, y con una voz impresionantemente aguda, exclamó: “¡Está temblando!”

Las vibraciones eran lentas. Recuerdo voltear a ver a mi amigo Pato. Recuerdo caminar rápidamente hacia la puerta. Recuerdo haber volteado la cabeza ligeramente y notar que uno de mis compañeros tomaba sus pertenencias y caminaba con calma hacía la salida. [anáfora: repetición de un mismo inicio]. Sentí una mano detrás de mí, dos manos, un brazo y una cabeza detrás de mí [¡sinécdoque!]. Un compañero intentaba quitarme del camino desesperadamente.

Las vibraciones aumentaron en intensidad y se sentían como pequeñas olas [Comparación]. Arriba, al lado, para atrás, al otro lado. Yo con trabajos mantenía la calma y caminaba sonriendo, tratando de esconder mis nervios. Bajé la cabeza hacia mis pies, y tres segundos más tarde el caos comenzó.

Delante de mis ojos, tres clases enteras salían corriendo despavoridas de sus respectivos salones [sinécdoque]. Eran como una manada, una estampida que empujaba y gritaba [comparación]. Había quien reía, quien lloraba, quien se dejaba llevar por la corriente y quien se resistía al movimiento casi inconscientemente. Unos tropezaban y luchaban por mantener su balance mientras otros movían los brazos cual pulpo fuera del agua [comparación] y cacheteaban lo que se les cruzara en el camino. Giré la cabeza noventa grados hacia la derecha y recuerdo ver a Pato pasmado con la boca abierta y los ojos del tamaño de dos platos [comparación], moviéndose nerviosamente de un lado al otro de la multitud. Pensé que si lo dejaba de esa manera terminaría funcionando de tapete [metáfora] para toda esa gente que venía detrás de nosotros, así que tomé su mano y corrimos junto con la estampida. Nos dirigimos hacia las escaleras, pero Pato seguía sin mover un músculo de su cara; solo veía al techo. Bajamos corriendo desordenadamente, pensé que el techo iba a dar de sí y terminaríamos debajo de los restos, atrapados en una nube de polvo, sangre y lamentos [metáfora].

Para mi sorpresa, Pato dijo con voz tranquila: “No manches, ve cómo se mueven los vidrios.” Elegí ignorar su comentario irrelevante y continué dirigiéndome hacia la salida. Mi corazón se aceleraba cada vez más, y mis ganas de gritar estaban a punto de ganarme… cuando finalmente llegamos a la puerta, y en ese momento me consideré la persona más afortunada de este planeta [hipérbole]. El terremoto había parado, y aunque mis piernas y mis manos temblaban sin control, mi mente descansaba [personificación] después de esos atareados minutos [personificación].

Y yo que pensé que era un martes común y corriente, un 19 de septiembre como cualquiera de mi vida, hasta que de pronto… no lo fue.

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